Amor o temor… ¿Por qué le sirves a Di-s?

Por: Familia Barrios Lara

¿Qué te motiva a servirle al Señor? ¿Su castigo, su recompensa o su grandeza?

La parashá de ésta semana Vaetjanán significa “yo imploro” [Deu 3:23 – 7:11], empieza con el relato de Moshe clamándole a Adonay para entrar a la tierra de Israel y la designación de Yehoshúa como su sucesor [Dt 3:23-28]; y culmina con la elección del pueblo de Israel no por ser grande, sino por el amor que el Eterno siente hacia él [Dt 7:7-8]. Pero en medio de este relato, en el shemá, enuncia un aspecto fundamental de la relación de todo creyente con el Eterno: “Teme al Señor tu Dios y sírvele solamente a él” [Dt 6:13]. Si el mandamiento principal no solo de la torá [Dt 6:4], sino de las enseñanzas de Yeshúa [Mt 12:30] es “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas” ¿Por qué deberíamos temer a Di-s si por lo general tememos a cosas que nos paralizan o son nocivas para nosotros? 

Esto es, porque el temor a Di-s es el fundamento de un correcto amor hacía él, no un amor desenfrenado, pasional y ciego, sino el amor real, el que tiene que ver con el compromiso, el que “todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” [1 Cor 13:7]. El mandamiento de temer a Di-s (Irat Hashem) [Dt 10:12] hace parte de las “shesh mitzvot temidiot”, los seis mandamientos constantes que uno debe cumplir en todo momento (Séfer HaJinuj, Mitzvá 431). Los sabios explican que el temor al Eterno, consiste en el temor a las consecuencias de nuestras malas acciones. Pero que existe un nivel superior de ese temor, y es el temor al cielo (Irat shamaim) que consiste, no en temer al castigo por nuestras trasgresiones, sino a entender la grandeza del Eterno (reflejada en el cielo) y por tanto temer a fallarle a esa grandeza, a todo lo que ha hecho Hashem para nosotros… a obedecerle no porque tememos su castigo sino porque no queremos lastimar su amor. 

El temor al castigo es fácil de entender. Es el “pao pao” que se le dice al niño para que no coja lo que está prohibido. En ésta parashá encontramos muchos ejemplos: “el Señor su Di-s destruyó de entre ustedes a todos los que siguieron al dios de ese lugar” [Dt 4:3]; “el Señor su Dios es fuego consumidor y Dios celoso” [Dt 4:24]; el castigo que viene por la idolatría [Dt 4:26]; “Yo, el Señor, no tendré por inocente a quien se atreva a usar mi nombre en falso” [Dt 5:11]; “ellas los apartarán del Señor y los harán servir a otros dioses. Entonces la ira del Señor se encenderá contra ti y te destruirá de inmediato” [Dt 7:4]; “pues el Señor tu Dios está contigo y es un Dios celoso; no vaya a ser que su ira se encienda contra ti y te borre de la faz de la tierra” [Dt 6:15].

¿Está mal temer al castigo? ¡Por supuesto que no! Es una medida drástica que nos hace alejarnos del peligro y salva nuestras vidas, la represión básica de nuestros impulsos por el miedo a sus consecuencias… Sin embargo, el Eterno quiere llevarnos a un nivel más allá, al temor al cielo, pues en éste, la obediencia viene no por la recompensa o por el castigo, sino por la conciencia de su amor y su grandeza. 

Y en ésta parashá esto se relata muy bien: “¿qué Di-s hay en el cielo o en la tierra capaz de hacer las obras y los prodigios que tú realizas?” [Dt 3:24]; “¿Qué nación tiene dioses tan cerca de ella como lo está de nosotros el Señor nuestro Di-s cada vez que lo invocamos?” [Dt 4:7]; “El Señor amó a tus antepasados y escogió a la descendencia de ellos” [Dt 4:37] “El Señor se encariñó contigo y te eligió, aunque no eras el pueblo más numeroso, sino el más insignificante de todos. Lo hizo porque te ama y quería cumplir su juramento a tus antepasados” [Dt 7:7-8]… Pero va mucho más allá, nos recuerda que, por su amor, sacó al pueblo de Egipto, con grandes señales y terribles prodigios, pruebas, señales, milagros, guerras, actos portentosos y gran despliegue de fuerza y de poder para ser pueblo de su propiedad [Dt 4:20,34; 6:21-23; 7:8]; desalojó a naciones más fuertes y los hizo entrar en la tierra que les juró a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob; una tierra con ciudades grandes y prósperas, casas llenas de toda clase de bienes, cisternas, viñas y olivares; producto no del esfuerzo del pueblo sino del amor del Señor [Dt 4: 38; 6:11, 7:1].

Pero más importante que lo que Hashem ha hecho por Israel y por nosotros, su grandeza tiene que ver con la forma cómo se relaciona con nosotros: muestra de lo cuál fue la revelación en el Monte Sinaí y la entrega de la Torá: “Convoca al pueblo para que se presente ante mí y oiga mis palabras, para que aprenda a temerme todo el tiempo que viva en la tierra, y para que enseñe esto mismo a sus hijos” [Dt 4:10-11]; pues cuándo el Eterno se revela entre fuego, humo, truenos y les permite escuchar su voz, lo hace para instruirlos directamente y mostrarles su amor [Dt 4:32-33, 36]… Y ¿Cuál es el propósito de todo esto?  “… que el Señor es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y que no hay otro. Obedece sus preceptos y normas que hoy te mando cumplir. De este modo a ti y a tus descendientes les irá bien, y permanecerán mucho tiempo en la tierra que el Señor su Dios les da para siempre». [Dt 4:39-40] ¡Él quiere que lo reconozcamos a Él, por su amor a nosotros! ¡para que nos vaya bien!

Pero su amor no se quedó en el monte Sinaí, sino que “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” [Jn 3:16] ¡Y es que la mejor muestra del amor y la grandeza de Di-s, tiene que ver con la muerte de Yeshúa! Pues su muerte no sólo pago por nuestros pecados, sino que nos permitió reconciliarnos con Di-s aunque le habíamos fallado y acceder a su amor y su restauración.

Aunque el temor al Eterno, parecería contradecir la mitzvá de amar a Dios [Dt 6:4], realmente lo que hace es complementarla; es la forma como Di-s quiere que nos relacionemos con él, tal como narra Moshe en ésta parashá, cuando relata que los jefes y ancianos se acercan y le piden a Moshe que sea él y no ellos, quien escuche a Hashem y Di-s responde “¡Ojalá su corazón esté siempre dispuesto a temerme y a cumplir todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos siempre les vaya bien!” [Dt 5:23-29] ¿Por qué? Porque Di-s es un padre absolutamente bondadoso y que nos ama, tanto que, aunque le fallemos, nos promete que: “…si desde allí buscas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, lo encontrarás. Y al cabo del tiempo, cuando hayas vivido en medio de todas esas angustias y dolores, volverás al Señor tu Dios y escucharás su voz. Porque el Señor tu Dios es un Dios compasivo, que no te abandonará ni te destruirá, ni se olvidará del pacto que mediante juramento hizo con tus antepasados” [Dt 4:29-31]; y aunque castiga hasta la tercera y cuarta generación a quienes le aborrecen, si hay arrepentimiento y obediencia, su amor lo supera con creces pues alcanza hasta mil generaciones [Dt 5:10]. 

Y es que el arrepentimiento verdadero sólo puede venir como resultado del amor al Eterno; “los frutos dignos de arrepentimiento” [Mt 3:8] de los que nos habla Johanan (Juan el bautista), no es más que arrepentirnos del pecado al verlo como Di-s lo ve, es decir entender las consecuencias que este trae a nuestras vidas, que más allá del “castigo” tienen que ver con cómo nos separan del amor de Di-s y de sus planes para nuestras vidas.

Para quienes somos padres, hay una analogía en relación a nuestros hijos: hay 2 formas en las que pueden obedecernos, por temor a las consecuencias o porque nos aman y no nos quieren fallar. Lo primero es entrenamiento, y en los años en los que hemos trabajado con jóvenes hemos visto muchos casos así: chicos “adiestrados” que se comportan bien delante de sus padres, pero que tras de ellos o al menor descuido no se portan bien, se aprovechan de otros o incluso, se apartan de los caminos del Eterno. Pero también, hemos visto la otra cara de la moneda, padres que se esfuerzan por inculcar la disciplina a sus hijos, el sentido interno de hacer las cosas bien, aunque nadie los vea, pero sabiendo que siempre el Eterno los ve, padres que crían a sus hijos “en santidad, con temor del trono de Di-s, que es el cielo y amor por la torá, que es Yeshúa”, como nos dijo la comunitaria Karen Sánchez.

Y es que cuando amamos a Di-s y tememos a fallarle, para no apartarnos de él; será mucho más sencillo amar a nuestro prójimo, entendiendo que aún las dificultades que Di-s nos pone a través de él, son parte de la “educación” de Hashem para con nosotros; tal cómo nos enseñó Yeshúa “Ama al Señor tu Dios… Ama a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas. [Mt 22:39]

¡Shavua tov!

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Por familia Barrios Lara

Somos Deivy Barrios y Natalia Lara, casados desde el 2016, padres de 3 pequeños y comunitarios de Yovel.***