El Dios que llama
Por: Carolina Aguirre
¿Estás dispuesto a escuchar y responder a la voz divina?
La parashat Vaikrá comienza con una palabra sencilla pero profunda: “Y llamó.” Antes de cualquier instrucción, antes de cualquier mandato detallado sobre sacrificios, el texto nos revela el corazón de Dios: Él llama. La relación inicia con una voz que invita. No comienza con distancia, sino con cercanía.
El llamado en Vaikrá no es público ni estridente. Dios llama a Moshé desde el Tabernáculo, desde el lugar de Su presencia. Esto nos enseña que el llamado verdadero nace en el contexto de la comunión. No es solo información; es invitación a relación. Dios no impone, llama. Y el que escucha responde.
Es importante recordar que este no fue el primer llamado de Moshé. Su vida ya había estado marcada por otras experiencias donde Dios habló con él. Fue llamado en la zarza ardiente para liberar al pueblo de Israel. Desde ese momento, su historia quedó ligada a la voz divina. Moshé no era nuevo en oír la voz de Dios; había aprendido a reconocer al Eterno. Cada etapa de su vida estuvo acompañada por un llamado diferente, mostrando que Dios guía de manera continua, no solo una vez.
En Vaikrá vemos a un Moshé que ya ha recorrido un camino de obediencia. El llamado no lo sorprende; lo encuentra dispuesto. Esto nos enseña que la vida espiritual es un proceso constante de escuchar y responder. Dios no solo llama al inicio del camino, sino a lo largo de toda la vida.
Esta idea se conecta con las palabras de Mateo 22:14: “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.” El llamado de Dios es amplio. Su invitación alcanza a muchos. Sin embargo, no todos responden de la misma manera. Ser llamados es un regalo; ser escogidos implica vivir de acuerdo con ese llamado. La diferencia no está en la voz que llama, sino en el corazón que responde.
En la enseñanza de Yeshúa vemos que el llamado es universal, pero la respuesta es personal. Dios extiende Su invitación, pero cada uno decide si la acepta. Moshé es un ejemplo de alguien que respondió repetidamente. Su humildad, su disposición y su cercanía con Dios le permitieron ser instrumento en manos del Eterno.
En la palabra hebrea וַיִּקְרָא (Vaikrá) la letra א (alef) está escrita de manera más pequeña según la tradición. Este detalle del texto nos recuerda la humildad de Moshé. La grandeza espiritual no se basa en el reconocimiento humano, sino en la disposición interior. El orgullo endurece el oído; la humildad lo abre. Moshé pudo escuchar porque estaba atento y dispuesto.
El llamado de Dios no siempre implica grandes cambios visibles. A veces es una instrucción clara; otras veces es una convicción interna, una dirección nueva, una corrección, o un paso de fe. Pero siempre tiene un propósito: acercarnos más a Él y alinearnos con Su voluntad.
Dios sigue llamando hoy. Llama a través de Su Palabra, de las circunstancias, de la conciencia, de oportunidades de servicio y de momentos de decisión. El llamado no es solo para líderes o figuras bíblicas; es para cada persona que desea caminar con Él. La pregunta no es si Dios habla, sino si estamos escuchando.
Ser llamados significa que nuestra vida tiene significado y dirección. No estamos aquí por casualidad. Somos invitados a participar en el propósito divino. Pero el llamado requiere respuesta. No basta con oírlo; es necesario vivirlo.
Mateo 22:14 nos desafía a considerar nuestra respuesta. Muchos reciben la invitación, pero pocos la abrazan con compromiso. La diferencia está en el corazón disponible.
Hoy podemos preguntarnos:
¿Estoy atento al llamado de Dios en mi vida?
¿Estoy dispuesto a responder con humildad y obediencia?
Que podamos vivir como Moshé, aprendiendo a escuchar cada vez que Dios dice nuestro nombre. Y que nuestra respuesta sea sencilla y sincera:
“Heme aquí.”
¡Shavua Tov!


