Bereshit: Principios Ambientales en la Toráh

Por Rocio Delvalle

Al iniciar un nuevo ciclo del estudio de la Toráh [El Pentateuco], una nueva aventura recorriendo todas sus palabras, y tener el privilegio de escribir sobre la primera parashá (Porción de la Escritura), quiero aprovechar para presentarme ante aquellos lectores que no me conocen. Soy una bióloga apasionada por la vida, y convencida que la mejor definición de mi profesión es el estudio y el intento de escudriñar en lo más bello y profundo de la creación del Altísimo. He sido una abanderada de que la posición de “La Ciencia se opone a la Fe”, puede ser rebatida. Y por eso en cada uno de los artículos me gozo al descubrir cómo las palabras de la Toráh han enriquecido mi formación profesional y cómo de la misma manera los descubrimientos de la ciencia enriquecen mi fe, y mi comprensión intelectual y aún espiritual del texto bíblico. En la actualidad me encuentro cursando una maestría en medio ambiente y desarrollo, e inevitablemente esta ha comenzado a permear esta aventura de redescubrir la Escritura, y me ha llevado a un reto de vida, tratar de estructurar un pensamiento ambiental bíblico. En consonancia con esto, en esta ocasión les presento la parte final de un trabajo que presenté el semestre pasado en la maestría, y en el cuál se dio inicio a este desafío…

El pensamiento ambiental bíblico que propongo, parte inevitablemente del relato de Bereshit (Génesis). Insistiré en decir que la Toráh, fue entregada en algún momento de la historia a un pueblo, llamado Israel, y que esto implica unas particularidades desde estilos literarios en su redacción hasta establecimientos muy particulares probablemente pertinentes a los lugares geográficos en los que desenvuelven algunos relatos, lo cual implica que una aplicación sin mayores miramientos desde la literalidad del texto a cualquier otro contexto podría resultar erróneo. Sin embargo, también cabe resaltar que la cosmovisión que emerge de la identificación con los escritos bíblicos, inician con el reconocimiento de un Creador, no solo del pueblo de Israel, sino de todo el universo y con este los ecosistemas presentes en el planeta tierra con la diversidad de especies que definen su riqueza y como también del género humano, lo cual permite esperar que los principios de vida, y en este caso de aplicabilidad ambiental, puedan ser pertinentes para la humanidad y la creación en general. Cabe resaltar también desde el principio que esta propuesta no se cierra a que solo lo que pueda ser extraído del texto plano es válido, sino que reconoce que a pesar de los problemas ambientales y de oposición a la fe que la ciencia moderna pueda presentar, son muchos los conocimientos brindados por esta que son pertinentes a las explicaciones del universo, y que incluso en mi experiencia personal han sido instrumentos para el enriquecimiento de mi acercamiento y comprensión del texto bíblico y para que se hagan visibles ante mí los principios que hoy comparto.

Uno de los principios que quiero resaltar del relato inicial en Bereshit [Génesis 1] es que la percepción que emerge de lo que va siendo creado es de algo bueno en gran manera. Esto se opondría a algunas posturas que predominaron por mucho tiempo en las cuales la naturaleza se veía como algo desordenado y que debía ser ordenado y adaptado a las condiciones de la vida urbana. De hecho en la cosmovisión bíblica el mejor estado de la humanidad corresponde al que fue previo a la caída, de lo cual se deduciría que la creación con una connotación de buena en gran manera no debía ser destruida ni explotada. Algo bueno en gran manera, no puede ser destruido y explotado al antojo de un ser que al igual que los otros también es creación.

Ha habido en el decurso histórico de la humanidad una controversia en cuanto al momento en que el Creador pone en la creación al ser humano y le indica según algunas versiones “que tenga dominio sobre los animales” [Génesis 1:26]. Muchos han interpretado esta indicación como el momento trágico en el que el Creador de todo lo que vemos dio vía libre a la humanidad para explotar y arrasar con la creación. Sin embargo, cuando se hace una lectura más amplia, que no se queda en la literalidad del versículo, sino que entiende el sentido global del texto, se puede evidenciar que esta indicación iba más orientado a una responsabilidad enorme que teníamos como humanidad en cuanto al adecuado manejo de la Creación y sobretodo en cuanto al cuidado de la misma, lo cual incluso se enfatiza más adelante donde dice que el Altísimo puso al hombre en el huerto del Edén para que lo cuidase [Génesis 2:15]. Estamos en este planeta como responsables cuidadores de la creación.

Y llegamos en el relato a un punto fundamental y principio clave, que para mí surge en este momento y que va a ser notable en el resto de la instrucción Mosaica, el principio de los límites a la libertad humana. Más allá de que el fruto prohibido [Génesis 2:16-17] haya sido físicamente real, o una figura metafórica y alegórica usada por el escritor, denota el principio fundamental que si bien el Altísimo le había dado la potestad al ser humano de ejercer dominio sobre los animales, o comer del fruto y semilla de todo árbol que hubiera en el huerto, en realidad debía poner límites a su codicia y abstenerse de aprovechar ciertos recursos. Existen límites en nuestra interacción con la creación (ecosistema) no tenemos el derecho de usar cualquier creación (agua, suelo, aire, flora, fauna, etc), en cualquier momento a nuestro antojo.

Y comienzan las prescripciones con respecto no solo a la interacción con el medio, sino también a la interacción con el otro y es en el versículo 24 del segundo capítulo del génesis donde de una u otra forma surge la familia como núcleo de la organización social. Y que al interior de una apuesta fundamentada en la cosmovisión heredada del maravilloso creador de todo, defenderé prolijamente. Es en el seno de una familia con figura materna y paterna en la que se inculcan los valores y principios, en una sociedad en la que el Altísimo es el centro.

Cuándo el ser humano transgrede el primer límite interpuesto a su libertad, y se configura lo que se ha venido a llamar el pecado original [Génesis 2:16-17], desde mi entendimiento se da un quiebre en la relación con el Creador, en la relación con el otro y en la relación con el resto de la creación no humana. Desde mi entendimiento es en este momento en el cual sale expulsado el ser humano del paraíso ecosistémico y comienza a luchar por ser independiente de las leyes de la naturaleza. Y las consecuencias de dicho traspaso de los límites no se hicieron esperar. El ser humano ya no tuvo por suficiente la producción que el ETERNO permitía de los frutos y semillas de la vegetación, la tierra fue maldita por su causa, y se hizo necesario recurrir a la agricultura para obtener el sustento energético de la supervivencia humana [Génesis 3:17-19]. Además comenzó la apropiación de las pieles de animales para cubrir la desnudez descubierta por el pecado [Génesis 3:21]. Insisto en que si bien todas estas pueden ser alegorías, resaltan el principio fundamental de que cuando los límites son traspasados los impactos de nuestra interacción con el ecosistema van aumentando.

Luego de este triste cisma de la caída y el pecado original, en el relato del arca de Noé [Génesis 6:9-9:17] se evidencia aún un acontecimiento más grave que surge de la ruptura de los equilibrios ecosistémicos debido a la maldad humana, cuando se superan ciertos umbrales tanto de la ira divina como de la capacidad resiliente de los ecosistemas. El rumbo al que se dirige la humanidad es a la catástrofe, a la extinción total de la vida no solo humana sino también en otras de sus formas. Sin embargo, siempre hay una esperanza una forma de rectificar el rumbo y volver al camino, pero en este proceso es importante tener reservas. No invitando a un capitalismo salvaje de acaparación egoísta, sino a la reserva y conservación de la diversidad existente, en sus distintas formas, incluyendo semillas naturales.

Lo anterior, si bien es un primer acercamiento superficial a la riqueza del texto bíblico en un aporte al pensamiento ambiental, da cuenta de la comprensión de la complejidad ambiental en todas las dinámicas de la sociedad que el Altísimo quiso establecer con la entrega de sus instrucciones de vida. Y las potencialidades que este tipo de escritos que reflejan la construcción simbólica de un pueblo creyente pueden aportar a la construcción del pensamiento ambiental que tanto necesitamos en la actualidad. Este ensayo no ha pretendido agotar en la totalidad la explicitación de los principios ambientales que se encuentran en la Escritura bíblica, sino dejar abierta la puerta para seguir profundizando en esta búsqueda, lo cual puede convertirse incluso en una tarea para el resto de la vida.

***