Paz total

Por: Familia Barrios Lara

¿Qué puede enseñarnos está parashá para lograr la tan anhelada paz?

 

El concepto de paz desde el judaísmo es muy diferente a solo la «ausencia de guerra» que entendemos en occidente. La palabra que se ha traducido como paz Shalom שָׁלֽוֹם, deriva de la raíz hebrea shalem, o completo. Shalom denota bienestar, completitud, plenitud, solidez, seguridad, prosperidad, tranquilidad y contentamiento entre otros. De hecho, en hebreo moderno, cuando se le preguntas a alguien ¿Cómo estás? má shlomjá (a un hombre) o má shlomej (a una mujer), literalmente preguntas ¿cómo está tu Shalom?, Es decir, ¿Estás entero o te falta algo?, esto es la verdadera Shalom, el poder estar completo, en paz, consiente y agradecido por lo que se tiene.

La torá nos muestra dos caminos aparentemente contradictorios para alcanzar la paz. Uno, el más comprensible, pero tal vez más difícil, está representado en la figura de Aharón, abuelo de Pinjas, [Nm 25:7] conocido como el pacificador. El midrash dice que, cuando había un pleito, Aharón buscaba a cada una de las partes por separado y les decía que el otro estaba dispuesto a ceder y arreglar la situación. Yeshúa en el sermón del monte dijo «bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Di-s» [Mt 5:9]. ¿Por qué está recompensa tan grande?, Porque para ser pacificador, implica morir, negarse a sí mismo, a tener la razón [Mt 16:24], ser capaz de guardar silencio [Is 53:7], estar dispuesto, incluso, a quedar mal, para que a otro le vaya bien, «a cumplir su palabra, aunque salga perjudicado» [Salm 15:4], ser paciente, tener dominio propio [Prov 16:32] y un carácter firme [Is 26:3].

El segundo camino se materializa en Pinjas, a quien el Señor entrega un pacto de paz, [Nm 25:12], luego de que él atraviesa con una lanza a Zimri -hijo de un dirigente de la tribu de Simeón – y la princesa madianita Cozbi [Nm 25:14] quienes abiertamente desafiaron al Eterno, la autoridad de Moshe y a la kehila, al tener actos sexuales en culto a Baal Peor.

¿Cómo un acto aparentemente «violento» pudo traer paz?, Ya que la Shalom implica plenitud, requiere el funcionamiento armónico del mundo; dado que la maldad y los malvados destruyen está armonía, la Shalom verdadera está condicionada a la destrucción del mal, pues para los malvados no hay paz [Is 57:21]. Cuando Yeshúa dice que «el reino de los cielos sufre violencia y solo los violentos lo arrebatan» [Mt 11:12], se refiere precisamente a esto; y es que solo una voluntad férrea en contra del mal logra conquistar el reino de los cielos… y probablemente más que un llamado a «empuñar las armas», se refiere primero a la conquista de nuestra inclinación al mal, para así derrotar al mal que acecha al mundo.

Estos dos caminos para alcanzar la paz tienen distintas aplicaciones desde lo personal, lo familiar, lo comunitario e incluso lo nacional. Es importante recordar que la paz debe empezar por un esfuerzo personal de mantener la armonía y combatir la propia inclinación al mal. También evitar las discusiones inoficiosas y recordar que «para pelear hacen falta dos»; es decir que por más que tu vecino, tus padres o tu pareja te «incomoden», te moleste lo que hagan o lo que digan; muchas veces lo mejor es ser capaces de refrenar nuestra lengua [Salm 34:13] para mantener la paz -sobre todo el Shalom bait-, y buscar el momento correcto, las palabras correctas y -sobre todo- la intención correcta del corazón para resolver nuestras diferencias -y no solo buscar tener la razón -. «En efecto, «el que quiera amar la vida y gozar de días felices, que refrene su lengua de hablar el mal y sus labios de proferir engaños; que se aparte del mal y haga el bien; que busque la paz y la siga.»» [1 Pe 3:10-11].

A un nivel nacional, el panorama cambia radicalmente… A nadie le gusta la guerra, pero esto no significa que sea lícito permitir cualquier cosa «en nombre de la paz». La torá nos enseña que «la paz es fruto de la justicia» [Is 32:17]; y esto implica no solo justicia social -léase equidad-, sino también justicia desde la teshuva, que implica no solo la «intención de reparar» sino un cambio de dirección real del corazón y de la conducta. La justicia divina nos enseña a buscar más que el culpable, cómo se corrige la acción y quién tiene la responsabilidad para corregirla. En la Torá el ejemplo del toro que corneó a otro toro, explica este principio. Si el toro no es agresivo, pero hace daño a otro animal, tendrá que pagar la mitad del daño; en cambio el toro agresivo que siempre lo ha sido, los dueños deben pagar todo el daño, pues su responsabilidad era cuidar que el toro no afectara a nadie, [Ex 21:35-36]; así que, si este hace un daño, sus dueños son totalmente responsables teniendo que corregir al cien por ciento la situación que causó su toro. «La justicia divina busca corregir los errores, la justicia humana busca culpables”. (Rav Frondlij, enlace judío).

¿Cómo es entonces posible, transitar y conciliar estos dos caminos aparentemente contradictorios que nos muestra la torá? Lo primero es entender que, si bien la paz empieza como un esfuerzo individual, se necesita ser parte de un colectivo para poder alcanzarla. Y más allá de ello, entender que ningún esfuerzo humano por sí mismo logrará la tan anhelada paz total ¿Por qué? Porque estamos en un mundo aún no redimido, en dónde nuestro impulso al mal (yetzer hará) nos impulsa a contiendas, disputas y egoísmo. Sin embargo, para quienes creemos en Yeshúa, hay un camino y es que «sobre Él recayó el castigo, precio de nuestra paz» [Is 53:5]. La paz es posible, porque Él crucificó no solo su cuerpo, sino toda acta de decretos en nuestra contra, incluyendo el perder los estribos y generar peleas [Col 2:14]. Por eso, la paz total sólo es posible en la era mesiánica: Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo [Jn 16:33].

¡Shavua tov!

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Por familia Barrios Lara

Somos Deivy Barrios y Natalia Lara, casados desde el 2016, padres de 3 pequeños y comunitarios de Yovel.***